UNA RUINA QUE PIDE SOLUCIONES

Desde el confinamiento. Notas para la recuperación. 4

Asistimos a un empobrecimiento en la cultura, escenario inédito en nuestra historia reciente, cuando por los efectos de la pandemia y la ineficacia de las medidas institucionales la vida cultural en general ha ido menguando y se ha reducido la actividad en los servicios y equipamientos culturales hasta un límite insospechado desde la recuperación de la democracia. Un empobrecimiento muy duro que afecta a artistas, creadores, interpretes, actores, comisarios, directores, técnicos, empresas y personal de servicios auxiliares. A todos los que viven, o tratan de vivir, en el sector cultural.

La situación es grave y deja imágenes como las del reparto de bolsas de comida para la subsistencia en el Teatre Lliure de Barcelona u otros servicios culturales. Y noticias sobre el abandono forzoso de la profesión cultural, de muchas personas, para buscar empleo en cualquier labor que les aporte un mínimo salario, puesto que han visto cómo se reducen los ingresos por su actividad cultural. O han debido recurrir al reclamo doloroso de ayudas sociales.

Estos escenarios empañan la creencia de que en cultura todo es glamur, encanto y alfombras rojas y que la tarea creativa consiste en gente “guapa” transitando por un camino de rosas y satisfacciones.

La debilidad interna del sector cultural viene de lejos a pesar de su invisibilidad y se ha manifestado de forma repentina e insólita por la pandemia. Muchas personas, y entre ellas algunos políticos, todavía creen que los trabajadores de la cultura forman parte de una élite, o de este grupo de famosos o exquisitos. La realidad, en cambio, muestra que se trata de personas y colectivos comprometidos en su proyecto cultural que tratan de levantar en un entorno muy competitivo y a veces injusto. Un gran número de artistas, de creadores, de intérpretes y de trabajadores del sector cultural sobrevive en el pluriempleo y en la inestabilidad propia de su actividad discontinua. Que a pesar de su imagen positiva contiene un trasfondo interno de problemática social en comparación con otros sectores sociales y económicos.

No es un tema nuevo, hemos visto como artistas o creadores consagrados en su momento se sumergen en la pobreza en su vejez debido a la falta de protección social por su actividad. Una actividad, además, que aporta casi el 4 % del PIB.

Por estas razones, es importante aprovechar la ocasión de esta crisis para asumir y enfrentar esta realidad y regular un sistema social adaptado al sector cultural. No solamente con la propuesta legislativa, en trámite, de lo que se conoce como el estatuto del artista, que es una visión parcial de la realidad. Sino también reglamentando las características del empleo cultural en todas sus dimensiones, como ya han definido en otros países, por ejemplo Francia, con lo que se ha denominado la actividad “intermitente” de la cultura.

Esta triste realidad nos presenta una imagen de precariedad del mundo de la cultura, que siempre ha existido, pero ahora se perfila con mayor agudeza. Muchas personas siguen en este trabajo por compromiso personal o como respuesta a una necesidad de expresión o de participación en la vida cultural. No siempre consiguen vivir de la cultura o conseguir de su actividad cultural la base para su renta personal. Por este motivo el sector de la cultura necesita de la intervención del Estado, no para dirigir la vida cultural sino para facilitar regulaciones y compensaciones que mantengan a las personas activas y esperanzadas para encontrar su lugar y contribuir con su aportación a la vida cultural de su entorno. Gracias a ello nos beneficiamos colectivamente.

Proculturas. Editado en la Revista El Ciervo n.º 786, abril 2021

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