El Bono Cultura genera debate

Como ha ocurrido en otros países, el bono cultural anunciado por el ministro de Cultura, emerge entre nosotros como una nueva modalidad en la política cultural. Más allá de opiniones a favor o en contra, hemos de valorar esta novedad en la anquilosada forma de entender las relaciones entre el Estado y los ciudadanos en este complejo campo de la cultura.

El bono cultural, en efecto, altera las tradicionales políticas basadas en la incidencia en la oferta, las ayudas a la producción, la creatividad o a la difusión cultural. Se trata por ello de una experiencia atrevida en un sector que se caracteriza por su inmovilidad y conservadurismo. Provoca debate, pero también puede aportar elementos de mucho interés.

Este tipo de intervenciones intentan solventar los problemas de acceso a la cultura, tanto en actividades como en el consumo de productos culturales. El bono trata de reducir las dificultades económicas que tienen muchos ciudadanos para acceder a algunos elementos de la vida cultural. En este caso se ha seleccionado a los jóvenes como grupo social idóneo, pues es el más afectado por el desempleo, la precariedad y la poca renta.

En primer lugar, el bono se fundamenta en el derecho a participar en la vida cultural y en la libertad del individuo para decidir cómo satisfacer sus necesidades culturales. La libertad de elegir puede suscitar preocupación y dudas entre los que piensan, o temen, que no se elija lo que a ellos les parece cultura, como si fuera tan fácil decidir lo qué es cultura y qué no los es. Algunas de estas opiniones o bien adolecen del paternalismo de ciertas políticas o bien responden a los deseos de grupos de presión que tratan de definir lo que conviene a los ciudadanos a pesar de ellos.


Las experiencias en el bono cultural han levantado críticas por el uso que se hace de esta ayuda. Consideran estas que el bono se ha utilizado para actividades y productos culturales que no convencen a posiciones culturales más moderadas. La experiencia en Francia presenta algunas curiosidades en el uso del bono; los jóvenes han optado mayoritariamente por comprar aplicaciones para el smartphone, cómic, manga, videojuegos, libros y entradas conciertos, música, etc. como las opciones principales, lo que ha provocado reacciones de todo tipo. 

Decidir a qué se dedica este bono nos presenta algunas dudas o incertidumbres, pero el resultado será un valioso campo de análisis de los comportamientos de los jóvenes frente a la cultura.

A nadie se le escapa que existe un conflicto intergeneracional en las prácticas culturales contemporáneas, como se evidencia cuando observamos los perfiles de edades, muy avanzadas, entre los públicos de ciertos servicios culturales.

Pero lo más importante es aceptar la autonomía y la libertad cultural del ciudadano para decidir sus opciones, en este caso los jóvenes como primer grupo social destinatario de esta nueva política cultural.

Por otro lado, está el debate si las políticas de ayuda a la oferta cultural o de financiar lo que, desde la perspectiva del mercado, no es rentable facilitan el acceso equilibrado a la cultura. Este es un problema tradicional entre la oferta y la demanda cultural. Pero cuando el público decide libremente quizás no coincide con esta oferta. Si no hay público puede ser que lo que se ofrece no interesa. Esto no quiere decir que la oferta sea inadecuada y aquí reside la gran cuestión de este bono: si a todos les va a parecer bien lo que los jóvenes decidan en libertad.

El bono cultural se inscribe en las transformaciones para replantear el papel del Estado en la defensa del interés general en la cultura. Esta función puede compartirse con otros actores sociales en el campo de la responsabilidad social, el patrocinio o el mecenazgo.

No podemos olvidar la aportación del Estado que recibimos en aquellas actividades culturales que para su existencia requieren de fondos públicos, porque no pueden existir por su carácter de servicio público (bibliotecas, archivos, patrimonio, etc.) o porque su producción es imposible sin las ayudas (lírica, música, teatro, etc.). donde el público que compra una entrada ya está recibiendo un aporte económico. Una forma de bono cultural indirecto.

La propuesta de Bono Cultura es ingeniosa e innovadora, pero hace falta más concreción, prever su continuidad y observar con atención su recorrido. Puede entenderse como un globo sonda para ver cómo cuaja en nuestra realidad.

No se resuelve el acceso a la cultura con una oferta de mercado, subvencionada o descentralizada, ni con un apoyo económico al consumo, ya que el problema es más complejo y en él juegan aspectos educativos, distribución territorial, las desigualdades sociales y la brecha digital, entre otras variables. Pero aquí está una iniciativa estimulante para un sector cultural maltratado por la pandemia y con ganas de recuperarse. Está por ver, y es de esperar, que este debate nos permite avanzar en otros aspectos de la política cultural, como una mejor definición del papel del Estado (gobierno central, comunidades autónomas y ayuntamientos), la financiación, la ley de mecenazgo o el estatuto del artista, entre otros.

Publicado en el N.º 790 de la Revista El Ciervo. Pensamiento y Cultura. Nov-Dic 2021

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