A más crisis más local para entender lo global

No podemos olvidar que la mayoría de las necesidades de la ciudadanía, como ya sostuvo M. Castells, siguen siendo locales a pesar de todos los procesos de globalización y los efectos de una sociedad de la información capaz de crear nuevas retículas sociales. Apreciar el espacio público, la seguridad, la educación de tus hijos, el empleo, la calidad medio ambiental, etc. se viven en contacto con lo que administran los ayuntamientos como nivel más cercano a la vida de las personas. El derecho a la participación en la vida cultural se ejerce, en gran medida, en el entorno cultural local, donde se encuentran ( o no) facilidades para desarrollar formas de satisfacer tus necesidades culturales. Un gran espacio público para el espectáculo en vivo, el contacto directo con la creatividad, el disfrute de la difusión de las expresiones culturales en tiempo real. Todo esto simultáneo a otros, y enriquecedores, procesos que Internet y las redes sociales permiten. Los que crecimos en la dictadura franquista sabemos lo que aportó la cultura, con el impulso de los ayuntamientos, a la consolidación de la democracia ya hace más de treinta años y uno se pregunta cómo es qué aún siguen siendo la administración pública más abandonada. Ninguna ley obliga a que asuman competencias obligatorias en materia de cultura (excepto en bibliotecas y quizás algún otro asunto), su acción voluntaria responde a una lectura de que la cultura es inherente a una vida ciudadana democrática y al desarrollo local. Y han ejercicio, en estas décadas, sus funciones en exceso por vocación, en un modelo de Estado y Comunidades Autónomas que no les ha reconocido ni la función, ni les ha dotado de recursos económicos, estables y consolidados, por el valor del impacto real que tienen en la vida cultural del país. Imagínense por un momento nuestro entorno cultural sin la participación, los servicios, las acciones, los equipamientos, etc… que la administración local pone a disposición del ciudadano. En todos estos años de fuerte descentralización, los pocos recursos que se han dedicado a las políticas culturales, han quedado muy mal distribuidos con unas comunidades autónomas en aumento y reproduciendo políticas clásicas y poco estructuración de la financiación de los municipios frente a las expectativas de los agentes culturales. Nuevos centralismos se extienden con algunas desmesuras y poca claridad en sus objetivos como podemos observar en estos momentos en diferentes territorios de España. Un panorama donde lo local intenta mantener un nivel de compromiso ineludible e inevitable con una soledad y falta de solidaridad institucional exagerada. Ahora con la crisis empiezan a verse las cosas de otra forma y los recortes se aplican con crudeza a todos los niveles, pero evidencian las grandes deficiencias de un sistema cultural que se creó para la dependencia y no para la autonomía local. Los niveles superiores de la administración (central y autonómico), actuaron más como mecenas que como verdaderos socios  de proyectos locales, los cuales han dado vida al sector cultural ( y a otros sectores) en los últimos años, ahora abandonan sus responsabilidades unilateralmente. Los organismos autónomos de gestión (consorcios, fundaciones, etc…) auspiciados por los municipios  se encuentran con la obligatoriedad y responsabilidad de asumir y enfrentarse a la opinión pública con un servicio que no pueden mantener con dignidad , con un equipamiento, servicio o mega urbanización en la “patio” de su casa. La sostenibilidad mal calculada, pero más la falta de autonomía real, obliga a unas situaciones de sumisión totalmente impropias del rol que ha jugado la administración local en la vida cultural de nuestras sociedades. Quizás ya es hora que la financiación local se incorpore urgentemente a la agenda política más allá de los enfrentamientos partidarios y en este debate se contemple la cultura como un elemento imprescindible de la vida local. La austeridad necesaria de la realidad actual no justifica, de ninguna forma, disminuir nuestros servicios culturales que son fruto de un largo proceso de reivindicación, esfuerzo colectivo y recuperación democrática. Tampoco creemos que estas reducciones tengan que asumirlas los gestores culturales de estas instituciones, o el grotesco invite a llevar el mismo nivel de actividad con menos medios apelando a un esfuerzo imposible. O el clásico llamado a la sociedad civil para que asuma estas deficiencias del sistema cultural público. La gestión pública requiere asumir unas responsabilidades a diferentes niveles;  político, legislativo, económico, administrativo, etc. con toma de decisiones claras y explícitas. En este sentido consideramos que ya es la hora que se dibuje con más claridad un nuevo e imprescindible modelo de apoyo público a la cultura. Que porcentaje de nuestros recursos estamos dispuestos a dedicar, quien ha de asumir competencias y cuáles son los medios de que se pone a su disposición. Y en este proceso superar la retórica sobre la importancia política de la administración local para una definición clara de sus competencias y financiación en el marco de un sistema cultural descentralizado de verdad como es el nuestro. Y no se preocupen los creadores, emprendedores, organizaciones sociales, empresas, etc…, que configuran un amplio tejido de actores desde lo privado y la sociedad civil, ya seguirán llevando la iniciativa y el gran peso del sector cultural, como siempre ha sido así, pero con la aspiración de crear un entorno donde el espacio público sea un facilitador de su propio protagonismo.

Por estas razones y antecedentes creemos que la recuperación de los efectos de esta crisis empezará a nivel local donde nuevas formas de gestiòn y participación van a ser factores imprescindibles del desarrollo y la innovación.

Iniciando 2013 con perplejidad

Perplejidad
Vuelvo a este blog después de meses de silencio intencionado, o mejor dicho desorientado, viviendo el día a día con una gran perplejidad la realidad cotidiana y los cambios  que van sucediendo en nuestras sociedades locales y globales de forma irrevocable y descontrolada.
Lo que nos parecía otra de las crisis secuenciales del capitalismo se ha convertido en una gran alteración de nuestros sistemas económicos, políticos, sociales y culturales de una transcendencia imprevisible. Como un tsunami inesperado hemos vivido la inundación y desaparición de parcelas de la vida social que creía ingenuamente que estaban consolidadas. Me parecía que no volvería a ver ciertas realidades sociales muy crudas como el aumento insostenible del desempleo o la falta de oportunidades de los jóvenes y la pérdida diaria de servicios públicos básicos. El decrecimiento en nuestro país es una evidencia en los relatos diarios los cuales nos cuestionan nuestras visiones de progreso, bienestar y desarrollo que hemos de poner en revisión. Presenciamos un nivel de agresividad impensable disfrazado de liberalismo contra todo el contenido y sentido del contrato social rousseauniano, con la destrucción incontrolable de los difíciles y largas construcciones en pro de los derechos fundamentales, de los servicios públicos y de la solidaridad social, valores en la que muchos seguíamos luchando para consolidar y ampliar pese a las dificultades.
He recordado mi infancia, vengo del franquismo y de la postguerra, con muchas privaciones pero con el entusiasmo de trabajar para el progreso y la mejora del bienestar. Recuerdo haber tomado leche en polvo, mantequilla y queso de la Ayuda al Desarrollo de USA, es decir en lo que denominan subdesarrollo, así como las vivencias de luchas sociales y políticas para superar adversidades y conseguir un futuro en libertad.
Nunca hubiera pensado que volvería a ver colas para recoger alimentos o personas viviendo en las calles perdiendo su vivienda en estas ciudades rehabilitadas que buscaban ser civilizadas pensando que ciertos episodios históricos estaban superados.
Empecé a vivir en democracia cuando cumplía los treinta años pero, a pesar de este hecho, recuerdo mi juventud como un tiempo de entusiasmo y voluntad para conseguir convivencia y felicidad para los míos.  Tengo un grato recuerdo de todo este periodo que nunca lo he vivido negativamente sino con una vida social y cultural activa a pesar de vivir en una dictadura. Teníamos espacios de información, intercambio y acción entre las amistades, familia y organizaciones sociales y culturales que nos permitían sobrevivir a la presión de la política autoritaria. Mis hijos nacieron al final del franquismo pero han podido vivir en democracia, quizás ahora vemos que no es la democracia que anhelamos y que nos la están sustrayendo sutilmente y manipulando su relato. Como generación estábamos satisfechos del trabajo colectivo para superar estas etapas, para mí era el patrimonio que podía incorporar a mi cuenta de resultados que mis hijos y nietos pudieran vivir mejor. Esto lo hemos conseguido pero ahora nos empiezan a surgir dudas.
En estos tiempos convulsos han surgido diferentes movimientos sociales que, bajo la denominación de indignados u otras, han ido tejiendo una nueva forma de participación política más allá de la formalidad de un sistema democrático que se está derrumbando poco a poco. Los he visto con simpatía pero sinceramente no he entendido bien cuál es el camino y sentido que proponen en esta forma de actuar diferente. Pero espero aprender.
Esta continuada perplejidad me ha obligado a reflexionar mucho sobre qué posición tomar y situarme en un contexto diferente. En algunos momentos me ha superado el pesimismo y cierta tendencia a la pasividad pero las largas conversaciones con la gente, que tengo el placer de compartir mi vida cada día, me generan más energía para estar activo y participar.
Desde esta confusión y duda, considero que es importante participar más activamente aportando mis posiciones y elaboraciones en estas redes sociales que nos permiten compartir entre iguales y disponer de informaciones más libres.
Desde esta posición reinicio este blog al inicio de 2013 como un ejercicio de cooperación para compartir y vivir juntos, este es el sentido de CONFLUENCIA.

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